Chernóbil se debió a un fallo humano y los responsables estaban en Moscú

Cuarenta años y pico atrás en el tiempo, el 26 de abril de 1986, la tapa del reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, de la entonces Unión Soviética, saltó por los aires. Los operarios de aquella aciaga noche llevaron a cabo unas pruebas, irónicamente de seguridad, con el fatídico y consabido resultado: una irrefrenable nube de partículas radiactivas acabó expulsada, como si de un vómito se tratase, tras un atracón de años de burocracia inoperante y dosis de incompetencia galopante, unidos a una infraestructura carente de las debidas protecciones y sistemas de seguridad. Las crónicas y los libros de historia aluden a los hechos acaecidos en aquellos minutos aciagos previos al desastre. Sin embargo, todos sabemos las consecuencias que aquel accidente acarreó para una URSS que daba visos de agotamiento, entre otras cosas, por unos mandos y responsables más prestos a obedecer y a escurrir el bulto de las culpas. Pues todos sabían que aquel magnificente estado jamás podía cometer errores.

Cuando se produce un error humano en una infraestructura moderna de un país desarrollado, es siempre debido a la caída de uno o más sistemas de respaldo. Cuando usted se somete a una operación de cirugía en un hospital, asume unos riesgos y el factor humano siempre está presente. No obstante, jamás se planteará que un apagón o una avería de maquinaria acabe enviándolo al otro barrio; el hospital dispone de generadores eléctricos, maquinaria de repuesto, sistemas informáticos llamados redundantes y un largo etcétera de elementos destinados a que solo un cataclismo o una guerra sean capaces de arruinar su operación quirúrgica, de manera que el equipo de profesionales pueda, nunca mejor dicho, operar con garantías. Es competencia y responsabilidad del director o directora del hospital que todas las salvaguardas funcionen. Si esto no sucede o si esto mismo se diese en varios, todas las voces apuntarían a cargos de mayor rango y responsabilidad, que son, al fin y al cabo, aquellos a quienes se retribuye generosamente por tomar decisiones y asumir la responsabilidad de las mismas.

Podría continuar enumerando ejemplos, pero considero desde el máximo respeto que usted tiene la altura intelectual como para que no necesite hacerlo y se limite a extrapolarlo a los terribles hechos acaecidos ayer en la línea de alta velocidad española.

Hace apenas un mes escribía otro artículo estupefacto ante la alarmante falta de asunción de responsabilidades políticas en este país. He de recalcar que esto sucede con unos y con los otros. Ser de izquierdas o de derechas no deja de ser una etiqueta; no le hace mejor persona definirse ideológicamente y continuará siendo el mismo hijo de puta en su casa. Un servidor que escribe estas líneas no puede evitar lo que cada uno haga con sus amigos y sus seres cercanos. Lo que sí podemos evitar o tratar de minimizar es que los hijos de puta responsables de las vidas de una comunidad o de un país continúen tomando decisiones sin la más mínima responsabilidad.

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