Es nuestra culpa

La clase política del país amplifica el ruido, afanándose sin descanso en su auténtica tarea: obtener o mantener el poder, todo ello embadurnado de una espesa y pringosa capa de supuesta ideología. No se engañen, siempre fue así. Estos astutos canallas —permítanme llamarlo despectivamente, pues mayores improperios merecen— tomaron conciencia de que la masa es capaz de cargar con toneladas de sebo y mugre, siendo conducida, arrastrada y por último arrojada en una enorme cubeta en forma de paquete ideológico. Y es que es tentador y no menos cómodo, vivir aleccionado y bien encarrilado por dirigentes ‘expertos’, presuntamente capacitados para administrar nuestro patrimonio común y buena parte del individual, no vaya a ser que en nuestra rampante idiocia seamos incapaces de hacerlo como es debido.

Hay que admitir que es duro y pesado vivir pensando por uno mismo, modelando ideas y opiniones propias, meditándolas, asimilándolas, incluso rectificándolas o modificándolas con la experiencia si es el caso. Se nos presupone de una mayoría de edad que nos habilita para disfrutar de ciertos derechos, pero también para asumir la responsabilidad de nuestras acciones con todas las consecuencias. No obstante, existe una cantidad nada desdeñable de personas a las que denominaré ‘la masa’. Dicha masa baja los brazos y cruza el umbral de los dieciocho años, como quien contempla indiferente el fondo del paisaje desde la carretera desde el coche en marcha. La masa no es inquieta y pide que se lo den todo mascado. Un grupo ‘compra’ el paquete ideológico A o el B, sencillamente, porque piensan que es el bueno, sin el más mínimo y elemental sentido crítico. La negligencia se viste de desgana o de mera apatía. La masa desiste de la capacidad de discernir si considera sensato aceptar la totalidad de la verborrea de personas en el ejercicio del poder, cuyo única prueba de valía ha sido navajear, adular y chaquetear desde que acabaron los estudios elementales para iniciar su andadura en las juventudes de un partido político.

Estos personajes, hiperbólicos mediocres y emergidos de esa masa que son nuestros políticos, supieron modular el mensaje con maestría para pregonar una democracia mal entendida. Democracia no es votar cada cuatro años. También en Rusia o en Turquía se vota y convendrán conmigo en la escasa calidad y nivel de libertades bajo tales regímenes. El valor fundamental de un sistema democrático es permitir que el contrario pueda aspirar a gobernar en caso de convencer a una mayoría, pudiendo administrar los recursos del estado. Pero cuando esto no sucede o se obstaculiza sin más, el gobernante se torna en tirano, quién apela a la emotividad por medio de discursos infantiles y vulgares argumentos. Las emociones son adecuadas en el ámbito del arte, el amor o el ocio, pero no deberían tener cabida en actividades, cuyo desempeño pretende consignar la eficiencia. Dudo que usted mismo exija o conozca quien espere emociones en su desempeño, por ejemplo, de los administradores de fincas, en lugar de demandar que administren eficazmente las fincas en cuestión, que es para lo que se les paga. Lo mismo deberíamos esperar de un sinfín de oficios, más o menos aburridos para una mayoría. Administrar la Cosa pública, el estado, es una labor gris y aburrida. ¿Por qué no se demanda lo mismo para nuestros políticos, unos individuos supuestamente servidores públicos y responsables de administrar unos recursos colectivos? Por esta razón, el discurso político raya en lo mediocre, en el estimular los bajos instintos, todo ello dirigido a envilecer al adversario, a quien no piensa lo mismo, hasta el punto de apartarlo del juego, demonizándolo por completo; de ahí eso que se dice acerca de la gente que ‘vota en contra de’. Si fijan su atención en el panorama político de los últimos diez años, convendrán con un servidor que esta dinámica campa a sus anchas. Un torrente de términos manoseados y sobreutilizados, condimentados con el salero del miedo, aderezan tertulias y sobrevuelan redes sociales, platós de televisión y prensa. Fascismo, comunismo y un sinfín de insultos adocenados golpean a la masa, azuzando con una inclemente diatriba para inducir un miedo consumado hacia el contrario: el Armagedón, el final de los derechos, lo ‘ultra lo que sea’ está ahí. Es la clave macabra, el deplorable chantaje: vota a los míos y traga con lo que sea, porque siempre será mejor que los otros.

Partiendo del mínimo y fundamental respeto, el ejercicio del voto debería suponer un acto responsable, racional y cimentado principalmente en el pleno entendimiento de un programa de gobierno, cuyo cumplimiento deberíamos todos exigir. Por eso, la arbitrariedad y la no asunción de responsabilidades debería contar siempre con el máximo y más firme rechazo de la ciudadanía. No solo no es así, sino que una ingente masa de fanáticos baila al son de las idas y venidas de sus dirigentes afines, dirigidos y alienados como títeres. Incapacidad total de pensar por uno mismo; todo sea por fastidiar a ‘los malos’ y beneficiar a mi bando. La negligencia gana. Pero el discurso del miedo no debería dejarnos paralizados y resignados en el marasmo. Debería como mínimo mantenernos expectantes y exigentes como ciudadanos, más allá de la cita electoral cada cuatro años, demandando continuamente un mínimo de decencia, integridad, honestidad, pero sobre todo de responsabilidad. El miedo al contrario, a quien no piense como nosotros, sea o no ultra, no puede mantenernos atrincherados, sin reclamar un compromiso, más aún hacia el partido y los dirigentes que usted votó. No se engañen: están para alcanzar y retener el poder, después, en segundo o enésimo puesto de prioridad, para administrar el estado. Por eso hay que mantener la tolerancia cero para la clase política. No creo en la excepcionalidad española, que nuestro guarde unas peculiaridades inéditas y especiales respecto a otros de su entorno. Tan solo encuentro un elemento, una excepción que rompe la norma: la responsabilidad. ¿Por qué no se exige la responsabilidad en este país? Nuestro hermano siamés unido por la espalda que es Portugal, pone en jaque al ejecutivo por un caso de presunta corrupción o por no sacar adelante un plan de austeridad. Nuestra clase política de todo el espectro político sabe perfectamente que eso aquí no sucede y gana en el juego de confrontar a los bandos de la masa, esa que es mayoría. Desafortunadamente tenemos lo que esa mayoría quiere. Es nuestra culpa.

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