Cómo y por qué desapareció la Unión Soviética: La caída más rápida de un imperio

Si no hubiera sido por la falta de presupuesto, Krikaliov hubiera alcanzado a volver a la URSS, aunque ya muy cambiada, antes de que ésta se desintegrara definitivamente. Hoy Krikaliov regresa a un mundo completamente distinto, donde ya nada es igual. Ni siquiera en su casa. De ser una familia privilegiada, con ingresos muy por encima de los del ruso medio, los Krikaliov han pasado a tener dificultades para llegar a fin de mes. Él mismo apenas gana el equivalente a 10 dólares mensuales (unas 1.000 pesetas).

Fragmento de la noticia ‘Serguéi Krikaliov regresa a la Tierra tras permanecer 310 días en el espacio’, publicada en El País, el 26 de marzo de 1992. https://elpais.com/diario/1992/03/26/sociedad/701564401_850215.html

Cuando se arrió la bandera soviética del Kremlim, yo acababa de cumplir los 12 años. Recuerdo parcialmente los años previos, los de mi infancia plena, los años de un mundo que estaba dividido en dos bloques enemigos, dos visiones antagónicas. Los personajes de Reagan y Gorbachov eran conocidos por todo el mundo, incluso por un crío como yo. También había una palabra en boca de todos, la palabra rusa ‘Perestroika‘, cuya traducción podría ser reestructuración. Desconocía el significado, por supuesto. Aquella noche del día de Navidad del año 1991, en el Telediario, aparecían las imágenes de la bandera de la URSS descendiendo por el mástil. Era la muestra inequívoca de un hecho, de cuya transcendencia yo no podía ni imaginar, menos aún valorar. Era el epílogo de la Guerra Fría, la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Era la caída de un imperio y, en cierto modo, el fin del siglo XX.

bandera URSS
La bandera de la URSS desciende del mástil del Kremlim, el 25 de diciembre de 1991. Una imagen para la historia

No existen precedentes de una caída tan súbita. Serguéi Krikaliov, uno de los últimos cosmonautas soviéticos, tras una estancia de más de 300 días, pisó tierra en la estepa asiática central de Kazajistán una mañana de marzo de 1992. Su cohete despegó en marzo del año anterior. La nave Soyuz TM-13, con la que tomó tierra, llevaba una bandera roja con la famosa hoz y el martillo que ya no representaba ninguna nación, es más, era incluso ilegal. Su traje y casco espaciales portaban las siglas CCCP, que no representaban a nada ni a nadie. La base de Baikonur se encontraba entonces en lo que meses atrás era la República Socialista Soviética de Kazajistán, adscrita a la URSS. Mientras la Soyuz orbitaba el planeta Tierra, la URSS había dejado de existir y Kazajistán era un país independiente. Krikaliov se marchó de la tierra soviético y regresó ruso.

El Imperio Soviético

Desfile militar de 1990. Ni los dirigentes de la URSS, ni los de EEUU, ni nadie en el mundo podría haber imaginado cómo iban a estar las cosas un año después

Cuando hablamos de la Unión Soviética no hablamos de un imperio o de una potencia menor. El imperio de mayor extensión de la historia, el Imperio Mongol, liderado por el célebre Gengis Kan, llegó a extenderse por una superficie de 24 millones de kilómetros cuadrados. Pues bien, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en su periodo de mayor extensión, desde 1946 a 1991, abarcaba más de 22 millones de kilómetros cuadrados, una sexta parte de la superficie terrestre, ahí es nada. Poseía 2,5 veces el área de los Estados Unidos, el gran rival, 6 veces la India. Una extensión tan extraordinaria requería hacer uso de 11 husos horarios. Hacia finales de los años 80, al menos las estadísticas oficiales colocaban a la URSS en el tercer lugar. Durante décadas, la industrialización, las granjas colectivas y el desarrollo, a menudo forzado a costa de lo que fuera, disparó la producción y los avances de la URSS. He aquí el faro del proletariado, la utopía comunista, la nación todopoderosa que había jugado en el tablero geopolítico mundial contra los Estados Unidos. La potencia que aventajó a éste último en casi todos los hitos de la Carrera Espacial, se disputó la hegemonía planetaria durante la conocida como Guerra Fría, en la que por cierto, no llegaron a perder ninguna guerra, hasta la de Afganistán, que devino en fracaso.
Sin el descomunal coste en vidas y material soviético, la derrota de los nazis habría sido extremadamente más lenta y costosa. La URSS pagó el más alto precio de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. No menos cierto es que, en compensación recogieron parte del pastel europeo, ejerciendo una influencia directa y estricta por medio de repúblicas satélite en Hungría, Polonia, Rumanía, una parte de Alemania (RDA) y otros países. El continente Europeo se partió en dos por una línea imaginaria conocida como Telón de acero. La URSS ejercía el control desde el este, un conglomerado encabezado por la ya de por si descomunal Rusia, a la que se unieron Ucrania, Bielorrusia, Azerbaiyán, Estonia, Letonia, Lituania, Kazajistán y otros tantos, hasta 15 repúblicas en total. Para hacernos de nuevo una idea de las dimensiones de la URSS, sólo la mencionada Kazajistán es el país sin salida al mar más grande del mundo, en el puesto noveno del ranking planetario.

El declive

En comparación con otros imperios de la historia, el soviético tuvo una existencia breve, cuya posterior caída fue aún más rápida, apenas un año. Sí, la URSS se diluyó como un azucarillo, a una velocidad increíble. No obstante, y como la historia se repite, todo imperio que cae lo hace tras un declive, también breve en este caso si lo comparamos con, por ejemplo, el Imperio Romano de Occidente. Se podría convenir que el proceso de desintegración de Roma duró en torno a unos 70 u 80 años, el tiempo de vida de la URSS, de 1922 a 1991.
A mediados de los años 60, la URSS comenzó a dar indicios de un estancamiento económico. El panorama precisaba de reformas para evitar un empeoramiento a medio y largo plazo, pero poco o nada efectivo se llevó a cabo por revertir la situación. A partir de la década de los 70, el sistema de economía planificada de la Unión Soviética de Leónidas Breznev, secretario del PCUS desde 1964 hasta su muerte en 1982, se encontraba en dificultades, debido a una larga serie de circunstancias. El descomunal gasto, de hasta el 15% del presupuesto anual, se destinaba directamente al dispendio militar, para poder mantenerse en liza en la Guerra Fría. La generación de riqueza ya no era la de años atrás y eso, claro está, no podría sostenerse indefinidamente. Por otra parte, la planificación económica era claramente ineficiente. La ausencia de mercado y de competencia derivaba en una baja productividad. A esto se le unía una descomunal burocracia y la ineficacia de los mandos intermedios, todo ello en medio de una corrupción generalizada. Siendo así, es sencillo comprender que el crecimiento del PIB se fuese encogiendo año tras año. Por ejemplo, una parte considerable de los alimentos se perdían y no llegaban a las tiendas. La nomenklatura, aquella élite de la sociedad de la Unión Soviética y de los países del Telón de Acero, estaba formada en su mayoría por miembros del Partido Comunista. Se ejercía un control tenaz y persistente, por medio de la propaganda, todo ello en un paranoico clima de auto engaño y complacencia, lo que falseaba las cuentas y los resultados, si era necesario, para la tranquilidad de dicha cúpula del partido. De cara a la galería todo marchaba viento en popa y cada vez se vivía mejor, pero la verdad es que la riqueza disminuía, escaseaban los bienes y la esperanza de vida se estaba reduciendo. El viejo Breznev no acometió la reformas destinadas a una apertura y a una creación de mercados, como los que sí efectuó posteriormente China. Además, en el plano tecnológico, la URSS se estaba quedando muy atrás con respecto a los países capitalistas, inmersos éstos en una revolución de la electrónica de consumo y de la computación. Esto no era necesario en la URSS de la industria pesada, o al menos eso pensaban los altos funcionarios, quiénes decidían cómo utilizar los recursos y en qué emplearlos para impulsar el crecimiento.

La reacción. Gorbachov: La Perestroika y la Glásnost

Gorbachov y Reagan firman en Tratado INF

Muerto Breznev en 1982, llegamos al año 1985. Mijail Gorbachov fue nombrado Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. A diferencia de sus antecesores, Gorbachov, consciente de una situación que conducía inexorablemente al colapso de la economía, emprendió un conjunto de intensas reformas. Para simplificar diremos que abrió dos frentes. Por una parte aparece la famosa palabra, la Perestroika, es decir, la re-estructuración y la apertura de la economía hacia un sistema, más o menos de mercado. En el otro frente aparece otra palabra menos conocida, la Glasnost, o ‘transparencia’. Gorbachov pretendía liberar el sistema político, permitiendo mayor libertad de los medios de comunicación e incluso abriendo la posibilidad de elecciones con varios partidos políticos. También se perseguía la autocrítica dentro del propio gobierno. Hechos como el hermetismo y la estrambótica gestión del accidente nuclear de Chernóbil hicieron aún más evidente, si cabe, la necesidad de cambiar las cosas e insuflar aire fresco. El propio Gorbachov, por cierto, diría años más tarde que el titánico esfuerzo humano y económico devenidos de la catástrofe de Chernóbil aceleró e influyó en los acontecimientos de los años siguientes. Los planes de Gorbachov eran muy ambiciosos, no sólo en dimensión, sino también en duración, pues se pretendía que se alcanzasen los citados objetivos en unos plazos que rozaban la quimera, prácticamente una pretendida revolución, pero ordenada. Para el mundo capitalista, aquel político salpicado por aquella inconfundible mancha o ‘antojo’ que se esparcía por la frente del dirigente soviético había abierto sin duda una era nueva de esperanza. No olvidemos que persistía la continua amenaza de un invierno nuclear por el empleo de arsenal atómico entre las dos superpotencias. Reagan había presentado en 1984 la Iniciativa de Defensa Estratégica, más conocida como ‘La Guerra de las Galaxias’, un costosísimo sistema de escudos para evitar ataques de misiles soviéticos desde el espacio. Tras cumbres y reuniones frustradas, Gorbachov y Reagan ratificaron en 1987 el Tratado INF, por el que se eliminaban misiles balísticos y nucleares de largo alcance.
Las libertades recorrían poco a poco su cauce. Por ejemplo, el mensaje de Reagan de año nuevo de 1986 fue emitido por primera vez sin censura en la URSS.
A finales de 1989 caía el Muro de Berlín. Se abría la puerta de una reunificación de Alemania y se vislumbraba un nuevo escenario en el continente europeo.
Este clima de distensión y las nuevas perspectivas de una mayor concordia entre los bloques capitalista y comunista, junto a las reformas emprendidas en pos de mayor libertades, fue lo que hizo que Gorbachov recibiera en 1990 el Premio Nobel de la Paz.

La caída

Todo lo dicho suena bastante bien y podría parecer que la Perestroika y la Glasnost eran la tabla de salvación de la Unión Soviética. Las intenciones desde luego eran buenas. Tal como se comentó antes, urgía llevar a cabo reformas de gran calado. Explicar el proceso de desintegración de la URSS es largo y complejo, pero podría resumirse en los efectos inesperados que causaron sendos conjuntos de reformas. La aplicación de la Perestroika provocó que los precios se disparasen. Se puso en marcha una Ley de Empresa que ocasionó el efecto contrario al deseado ya que, pretendiendo eliminar el control estricto de los recursos de la economía planificada, hizo que la inversión se derrumbara, lo que devino en un desabastecimiento generalizado de bienes y alimentos. La calidad de vida de los soviéticos se vino abajo dramáticamente. La pobreza aumentaba a la par que unos pocos acumulaban poder y se hacían ricos, los futuros oligarcas rusos.
Por el lado económico tenemos a una URSS en una enorme recesión. En el plano de la Glasnost, las consecuencias fueron igualmente inesperadas. Llegamos al año 1991 y los acontecimientos se precipitan. . La Constitución de la Unión Soviética contemplaba la posibilidad de abandonar la unión y, en medio de aquel clima de apertura, los dirigentes de las repúblicas comenzaron a mover ficha. En junio de 1991 apareció la figura de Boris Yeltsin, el nuevo líder de la, hasta entonces, República Federativa Socialista de Rusia, la cual declara su independencia de la URSS en ese mes. El mes siguiente, Yeltsin anunció que se daba de baja del PCUS. En la población existía un gran malestar por la precariedad y las necesidades del día a día. También en una parte de los dirigentes del Partido Comunista, para quiénes Gorbachov era visto como una amenaza. En el ejército, una facción partidaria de revertir toda la situación y de regresar a la idea del comunismo anterior, protagonizaron un golpe de estado en el mes de agosto de 1991. Gorbachov pasaba unos días de vacaciones con su familia en su dacha o casa de verano, en Crimea, cuando unos militares lo retuvieron y dejaron incomunicado. Mientras, los tanques salieron a la calle, pero finalmente las protestas de la población y la decidida y hábil gestión de Yeltsin (organizó el ‘rescate’ de Gorbachov y éste tuvo que agradecérselo), hicieron que el golpe fracasara. De esta manera, la popularidad del mandatario ruso se disparó. Para la segunda mitad de 1991, un Gorbachov cada vez más solo veía cómo las otras repúblicas, una a una, se independizaban. La Unión Soviética estaba desapareciendo, porque no quedo nada que unir. A primeros diciembre, Ucrania declaró su independencia. El dirigente soviético se había aferrado a la idea de una nueva unión y de una nueva constitución, pero los hechos se habían precipitado a tal velocidad que, antes de acabar el año, era el dirigente de una Unión Soviética de la que no formaba parte ningún país. Las ex-repúblicas soviéticas habían formado por su cuenta la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Finalmente, Gorbachov tuvo que aceptar la realidad y apagar la luz de su despacho del Kremlim. El 25 de diciembre se disolvió oficialmente la URSS. La era soviética había finalizado.

Boris Yeltsin pronuncia un discurso cargado de simbolismo sobre un cañón del ejército

El nuevo escenario

La disolución fue tan repentina e inesperada que el panorama creado abría numerosas incertidumbres, por ejemplo, qué iba a pasar con el arsenal nuclear soviético, ahora desperdigado por las ex-repúblicas soviéticas. Un panorama inimaginado por los EEUU años atrás en el que lograran derribar al enemigo soviético, ahora entablaba no pocos riesgos e interrogantes.
En el plano social, el nivel de vida cayó en picado en el ex-bloque soviético. En 1993, un tercio de la población rusa se encontraba bajo el umbral de la pobreza. Las antiguas repúblicas soviéticas junto con Rusia tuvieron que realizar una travesía por el desierto durante la mayor parte de la década de 1990. Por su parte, los antiguos países de la órbita comunista del este de Europa también tuvieron que adaptarse, unos con más y otros con menos éxito, a la economía de mercado. Una parte de ello acabaron integrándose en las estructuras de la OTAN y de la Unión Europea, todo una afrenta para los rusos, quiénes encontraron en Vladimir Putin la figura de un dirigente con la determinación para devolver los días de gloria a Rusia. La Unión Europea interpuso duras sanciones a Rusia por la anexión de Crimea por Rusia y su intervencionismo militar. Por otra parte, las ex-repúblicas centroasiáticas soviéticas como Kazajistán, mantienen estrechos lazos con Rusia. De hecho, en 2014 firmaron el acuerdo de la Unión Económica Euroasiática, a la que pertenece también el régimen bielorruso de Aleksandr Lukashenko.
¿Y con Estados Unidos? Pues el curso de los acontecimientos han transcurrido de manera que las relaciones se han enfriado, deteriorándose significativamente durante el mandato de Barack Obama, y con Donald Trump más de lo mismo. En 2019, EEUU anunció que abandonaba el tratado INF de misiles de largo alcance, comentado anteriormente. Rusia replicó con su correspondiente renuncia al mismo. ¿Ha regresado la Guerra Fría? Aunque lo cierto es que, económicamente y militarmente las fuerzas no están compensadas, es pronto aún para saberlo y sólo el tiempo y la Historia nos darán la respuesta.
En 2018, una encuesta realizada en Rusia concluyó que un 66% de los ciudadanos se manifestaban ‘arrepentidos’ del colapso de la URSS y no muchos menos se consideraban nostálgicos de la etapa soviética.

Recomiendo este documental para quiénes quieran conocer mejor cómo se produjo el final de la URSS

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