El V centenario de la primera vuelta al mundo (Parte I)

Nos hemos adentrado ya en la canícula, el periodo más caluroso del año, cuyo transcurso se encuentra esta vez impregnado de alusiones, recuerdos y celebraciones por el 50 aniversario de la llegada del ser humano a la Luna.
La historia de la exploración es la sucesión de pasos que discurren a través de un ascenso escalonado y sembrado de hitos. Éstos esbozan una trayectoria, cuyo recorrido podría distribuirse mediante etapas más o menos diferenciadas. Si la humanidad se encontró en disposición de poder poner un pie en la Luna, esto fue posible gracias a siglos pasados de conocimiento y exploración de nuestro propio planeta Tierra. La progresión, qué duda cabe, ha sido espectacular: hace pocos siglos, Occidente desconocía la existencia de un continente que se ‘interponía’ entre el Océano Atlántico y el Asia. Nuestro planeta, casi esférico, constantemente cartografiado, resulta abarcable. Es posible, técnica y económicamente, rodear la Tierra, ya sea en barco o por medio de vuelos comerciales. Por ejemplo, desde Perth, en Australia, se puede volar sin escalas a Londres, en un viaje de 14.500 kilómetros y 17 horas de duración.

Itinerario de la expedición de Magallanes-Elcano. Fuente: Wikipedia.

En un reciente documental conmemorativo que pude ver del primer viaje a la Luna, realizado por la televisión pública estadounidense, un periodista, testigo de la entrada de los astronautas al cohete Saturno V, describía aquellos instantes, <<como si estuviese viendo zarpar a Colón>>. El símil, bastante acertado en mi opinión, reafirmó mi deseo de plasmar por escrito esta entrada que están leyendo.
Sin ánimo de un servidor de desmerecer el primer viaje a la Luna, es mi intención reivindicar otra conmemoración inminente. Es otro hecho totalmente equiparable en importancia y en trascendencia para el devenir de la humanidad. El próximo día 10 de agosto de 2019 asistimos a una efeméride de gran importancia. Tal día de verano como ese, pero de hace 500 años, zarparon desde Sevilla las naves de la expedición de Magallanes y Elcano. Aquellos marineros, mayormente portugueses, andaluces y vascos, en definitiva, antepasados nuestros, emprendieron una increíble y arriesgada aventura, la de la primera circunnavegación de la Tierra, o dicho de otra manera, la primera vuelta al mundo.

Las ansiadas especias. El fallido intento de Colón

No es mi propósito adentrarme demasiado en la llegada de Colón y de los españoles a América, pero es que resulta fundamental hacer mención a este acontecimiento y otros más para poder comprender por qué unos hombres decidieron emprender un viaje tan largo y tan peligroso. No eran pocos los riesgos y pérdidas, pero si salía bien, se abriría el camino de la gloria. Conozcamos qué había sucedido antes del comienzo de la expedición.
Nos encontramos en el año 1519. Desde casi un siglo antes, los otomanos, actuales turcos, se habían expandido y conquistado Constantinopla, la actual Estambul, la puerta de Europa hacia Oriente. Antaño, los artículos de lujo como la las especias y la seda, transcurrían por la ruta del mismo nombre, desde el remoto Japón, China y la India, hasta el Mediterráneo. Cuando los otomanos estrangularon dicha ruta comercial de extraordinaria importancia, las por entonces potencias europeas intentaron hallar vías alternativas que les condujeran a las preciadas especias. Los más aventajados, los portugueses, se lanzaron a la mar y fueron estableciendo factorías en la costa africana. Cuando en Castilla y Aragón la Reconquista hubo acabado y se estuvo en disposición de emprender otras actividades, Colón alcanzó unas tierras que el creyó que pertenecían a Asia. De ahí las indias, ya posteriormente conocidas como Indias occidentales. Pero los españoles se habían topado con un continente nuevo y de especias nada de nada. Aunque pueda sonar severo, Cristóbal Colón fracasó en su propósito de alcanzar las Indias. Continuaba pues vacante la ruta hacia las especias.
En 1498, los portugueses, con Vasco de Gama al frente, pasaron por el Cabo de Buena Esperanza y pudieron llegar a la India. El itinerario, aunque bastante largo, resultaba viable. Un gran tanto para Portugal. Mientras, los españoles se afanaban por encontrar un paso al oeste, desde las tierras americanas hasta las indias. En 1513, Vasco Nuñez de Balboa descubrió el Océano Pacífico, por entonces llamado Mar del Sur. El problema es que sólo pudo hacerlo cruzando una porción de tierra, sin que existiese un canal, río o estrecho que posibilitase el acceso de embarcaciones. Urgía encontrar la ansiada ruta hacia las especias.

Fernando de Magallanes. El proyecto y los problemas

Retrato de Fernão de Magalhães, más conocido como Fernando de Magallanes. Cinco siglos después, con esa barba, estaría a la última en moda.

Dijimos que la apertura de la ruta hacia las especias por el Cabo de Buena Esperanza fue un tanto para Portugal, pero un escollo para un navegante portugués. Nos referimos a Fernando de Magallanes, quién presentó su ambicioso y arduo proyecto al monarca luso Manuel I. -¿Para qué complicarme la vida si el bueno de Vasco de Gama nos ha dispuesto un itinerario seguro que conduce a la especiería? – , debió pensar el rey. Así fue cómo Magallanes decidió probar suerte en Castilla. Y le salió bien. En 1518, en Valladolid, se firmaron las capitulaciones, es decir, las condiciones por las que el rey Carlos I (V de Alemania) autorizaba la expedición capitaneada por el navegante portugués. De un modo similar a Colón, poco más de dos décadas antes, al capitán se le otorgaban los títulos de gobernador y adelantado de todas las tierras que descubriese. Quedaban a partir de entonces unos preparativos que no estuvieron exentos de un sinfín de complicaciones: una desconfianza galopante entre la numerosa tripulación portuguesa y la castellana, las maniobras del rey Manuel I, tratando de obstaculizar la expedición, todo ello en medio de una falta de dinero que amenazaba la viabilidad del proyecto. Al final, buena parte de los fondos vivieron de un rico e influyente mercader de Burgos, Cristóbal de Haro, un hombre clave en muchas de las empresas llevadas a cabo por Carlos I.

El Testimonio de Antonio Pigafetta

Antonio Pigafetta. También le pones su camisa o polo abrochado hasta el cuello, sus tatuajes y estaría a la última, sí señor.

Lo que conocemos de la gesta de Magallanes-Elcano sería mucho más escueto sin el incalculable aporte de un explorador y geógrafo italiano, Antonio Pigafetta, quién encontrándose en España se interesó en el proyecto de Magallanes y logró enrolarse en la expedición como cronista, traductor y cartógrafo.
Nacido en la República de Venecia, Pigafetta reunía las cualidades del hombre renacentista de la época: abarcador de múltiples disciplinas del saber, además de un tipo audaz y ávido de gloria. Registró y plasmó por escrito la gran aventura y que, por cierto, logró completar, siendo uno de los supervivientes de tamaña proeza.
En su Relación del primer viaje alrededor del mundo, Pigafetta narra el viaje, con sus gentes, lugares, penalidades y alegrías, todo ello con gran detalle. Abundan las descripciones de los espacios que recorrieron y de sus habitantes, incluyendo interesantes comentarios acerca de las costumbres y vocablos de los pueblos remotos con los que se fueron encontrando. En definitiva, resulta no sólo un libro de aventuras; es también un magnífico trabajo de etnografía, muy entretenido y cuya lectura recomiendo.

La partida

La expedición la conformaban 5 naves tripuladas por un total de 239 hombres. Al mando, como es de imaginar, estaba Fernando de Magallanes, capitaneando la Trinidad. Las otras naves eran San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago.
Partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519, muy cerca del actual Puente de San Telmo. Un breve inciso para quiénes conozcan la ciudad o vivan en ella. En el barrio del Arenal, detrás de la plaza de toros de la Maestranza, un monumento erigido en 2014, conmemora la expedición. Al otro lado del río se encuentra otro monumento con mismo propósito sito en Plaza de Cuba, en la confluencia de la calle Juan Sebastián Elcano.
Arribaron en Sanlúcar de Barrameda, dónde permanecieron varias semanas ultimando preparativos y culminando el avituallamiento para la escuadra. Cada mañana rezaban en tierra y tenían terminantemente prohibido que ninguna mujer embarcase. Finalmente hecho Magallanes testamento, la expedición zarpó de Sanlúcar el 20 de septiembre, ante la inmensidad del Océano Atlántico.

Réplica de la Nao Victoria. Otras 4 naves como estas y los oceános del mundo para darle la vuelta.

De Sanlúcar hacia el sur a través del Atlántico

La primera parte de la ruta consistía grosso modo en dirigirse hacia el ecuador, bordeando la costa africana para poner rumbo a América del Sur.
Se llevó a cabo una parada en las Islas Canarias, donde cargaron agua y leña. El 3 de octubre reanudaron la navegación, bordeando Cabo Verde. Poco después, comenzaron las primeras adversidades meteorológicas en forma de calma chichas, intercaladas con fuertes tormentas.

<<Durante los días serenos y de calma, nadaban cerca de nuestra nave grandes peces llamados tiburones. Estos peces poseen varias hiladas de dientes formidables, y si desgraciadamente cae un hombre al mar, lo devoran en el acto. Nosotros cogimos algunos con anzuelos de hierro; pero los más grandes no sirven para comer y los pequeños no valen gran cosa.>>

Fueron asimismo testigos del conocido como Fuego de San Telmo. Se trata de un fenómeno eléctrico en forma de intensas luminiscencias, conocido desde la antigüedad y que, a diferencia de épocas más remotas, en aquellos tiempos era símbolo de buen agüero.

<<Durante las horas de borrasca, vimos a menudo el Cuerpo Santo, es decir, San Telmo. En una noche muy oscura, se nos apareció como una bella antorcha en la punta del palo mayor, donde se detuvo durante dos horas, lo que nos servía de gran consuelo en medio de la tempestad. En el momento en que desapareció, despidió una tan grande claridad que quedamos deslumbrados, por decirlo así. Nos creíamos perdidos, pero el viento cesó en ese mismo momento. >>

Una vez cruzado el ecuador y habiendo perdido la referencia de la Estrella Polar emprendieron rumbo oeste hacia el Brasil. El 13 de diciembre llegaron a la costa, a la altura de donde hoy se encuentra Río de Janeiro. Desde allí navegaron rumbo al sur hasta que encontraron una gran apertura por la que discurrió la expedición. Creyendo haber encontrado la ansiada salida al Pacífico, resultó que habían estado navegando dos semanas hacia el interior desde el estuario del Río de la Plata, en el lugar hoy en día se asienta la ciudad de Buenos Aires. Decepcionados, regresaron a la costa, en busca del paso que les hiciera abandonar el Atlántico.

Desde la Patagonia hasta el Pacífico

El rumbo sur de la expedición los condujo hacia una región que Magallanes denominó Patagonia, en alusión a los patagones, el nombre con el que el capitán llamó a las gentes que habitaban aquellas remotas y frías tierras. La teoría más convencional de tal ocurrencia de Magallanes alude al tamaño de los pies, pero nada se especifica en concreto acerca de las dimensiones de las terminaciones de dichos individuos. Lo que sí plasmó por escrito Antonio Pigafetta fue el encuentro con hombres de proporciones gigantescas.

<<Alejándonos de estas islas para continuar nuestra ruta, alcanzamos a los 49° 30′ de latitud sur, donde encontramos un buen puerto; y como ya se nos aproximaba el invierno, juzgamos conveniente pasar ahí el mal tiempo.
Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo. […] El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; en seguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados.>>

Escultura de un patagón en las tierras a las que Magallanes le dio nombre.

Corría el mes de marzo de 1520 y se encontraban en latitudes cercanas a la Antártida. El invierno austral estaba en ciernes y, ante la previsión del mal tiempo, decidieron establecerse en la zona durante el tiempo que fuese necesario. Fue aquí cuando comenzaron los problemas serios. Para empezar un motín. Pigafetta lo cuenta mejor que un servidor:

<<Habíamos apenas fondeado en este puerto cuando los capitanes de las otras cuatro naves formaron un complot para matar al comandante en jefe. Estos traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar de Quesada. El complot fue descubierto: se descuartizó al primero y el segundo fue apuñalado. Se perdonó a Gaspar de Quesada, quien algunos días después meditó una nueva traición. Entonces el comandante, que no osaba quitarle la vida porque había sido creado capitán por el Emperador en persona, lo arrojó de la escuadra y lo abandonó en la tierra de los patagones con cierto sacerdote su cómplice [cuando la San Antonio, pilotada por Esteban Gómez, desertó de la expedición, volvió a pasar por San Julián, recogiéndolos para traerlos a España]. >>

Sofocada la revuelta, otro inconveniente. El 3 de mayo la nao Santiago naufragó, si bien su tripulación se salvó y pudo finalmente ser redistribuida en las otras naves:

<<La tripulación se quedó durante dos meses en el sitio del naufragio para recoger los restos de la embarcación y las mercaderías que el mar arrojaba sucesivamente a la playa; y durante este tiempo se les llevaban víveres, aunque la distancia era de cien millas y el camino muy incómodo y fatigoso a causa de las espinas y malezas, en medio de las cuales se pasaba la noche, sin poseer otra bebida que el hielo, que había que romper, y esto mismo no se hacía sin trabajo. >>

Habiendo enviado dos naos para explorar lo que parecía una bahía, una de las dos, la San Antonio emprendió la marcha hacia España. Y aquello no era precisamente regresar a casa desde una calle de tu barrio. Según Pigafetta, éstas fueron las razones del desplante:

<<Cuando hubimos entrado en la tercera bahía de que acabo de hablar, vimos dos desembocaduras o canales, uno al sudeste y el otro al sudoeste. El capitán general envió las dos naves, la San Antonio y la Concepción, al sudeste, para reconocer si este canal desembocaba en un mar abierto. La primera partió inmediatamente e hizo fuerza de velas, sin querer aguardar a la segunda, que quería dejar atrás, porque el piloto pensaba aprovecharse de la oscuridad de la noche para desandar el camino y regresarse a España por la misma derrota que acabábamos de hacer.
Ese piloto era Esteban Gómez, que odiaba a Magallanes por la sola razón de que cuando vino a España a hacer al Emperador la propuesta de ir a las Molucas por el oeste, Gómez había demandado y estaba a punto de obtener algunas carabelas para una expedición cuyo mando se le había de confiar. Tenía por propósito esta expedición realizar nuevos descubrimientos; pero la llegada de Magallanes fue causa de que se le negase su petición y de que no hubiese podido obtener más que una plaza subalterna de piloto; siendo, sin embargo, lo que más le irritaba encontrarse bajo las órdenes de un portugués.>>

Como ya se comentó con anterioridad, la relación entre castellanos y portugueses no era precisamente buena. Provistos ahora sólo con tres naos, la expedición continuaba. Les costó algo más de un mes atravesar el imbricado conjunto de cientos de islas que conforman una costa laberíntica, a través del llamado Estrecho de Magallanes. A finales de noviembre de 1520, por fin, la expedición divisó y puedo navegar por el Océano Pacífico, llamado así por aquellos hombres en alusión a la tranquilidad que encontraron en aquellas aguas.
Uno de los principales objetivos de la expedición se había logrado. Tras meses y meses de obstáculos, en tierras ignotas y tan distantes, con un rosario de adversidades, la expedición se disponía a iniciar la travesía por el Pacífico. Había que llegar hasta las Indias y las ansiadas especias, pero eso lo dejaremos para una segunda entrega. Ya podemos adelantar que, si ya habían pasado por no pocas dificultades, nada era con lo que les esperaba.

FIN DE LA PARTE I

Web oficial de actos y celebraciones del quinto centenario de la primera vuelta al mundo.

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