«Damnatio memoriae», la condena de los gobernantes al olvido

Se dice que la ignorancia es el mejor arma contra el enemigo. No es cometido de un servidor aseverar o desmentir, si bien sí parece incuestionable que cualquiera de los mortales intenta darle un sentido a su vida, no sólo el personaje relevante.  Es más, todo el mundo procura trascender, o lo que es lo mismo, que sea recordado, y que su vida tenga sentido tras su muerte. En un sentido religioso, este aspecto toma un cariz de gran importancia, porque el olvido se puede traducir en un terrible castigo, en una especie de limbo para la eternidad. Valga el ejemplo de México, el país que celebra el Día de muertos, nuestro día de los difuntos, con gran fervor. En el enorme país norteamericano se venera con mayúscula devoción la memoria de aquellos que ya no están, porque, para ellos, la verdadera muerte es el olvido del fallecido. En esta ocasión tenemos que viajar a la antigua Roma. Los romanos, como todas las civilizaciones y culturas contemporáneas, veneraban a los muertos y su memoria. El mismo acto de transmitir los apellidos era símbolo de perpetuidad, un honor y una obligación de los portadores de actuar y de honrar a sus antepasados.

A la izquierda, Lucio Septimio Basiano, más conocido como Caracalla. A la derecha el tondo de su familia. Su padre, el emperador Septimio Severo, su madre Julia Domna y Caracalla niño. El rostro de su hermano Geta fue borrado por Damnatio Memoriae.

Todo esto viene a colación del artículo dedicado al pasado mes de Octubre, cuando hice mención a la Damnatio memoriae, que significa literalmente «Condena de la memoria». Era un procedimiento por el que el antiguo senado romano decretaba suprimir el recuerdo de alguna persona considerada enemiga del estado, y por tanto borrar cualquier huella o evidencia física que aludiera a la persona ya fallecida; vamos, lo que viene siendo caer en desgracia, pero de manera póstuma. En nuestros tiempos actuales, el de la fotografía analógica, digital, de la Internet y de las redes sociales, esta labor podría considerarse no poco complicada, pero no nos llamemos a engaños, porque la Damnatio memoriae estaba reservada a personas muy, pero que muy importantes; de hecho fueron más de veinte los emperadores penados con tan infamante condena. Al final se tornaba en una trabajo «de chinos», pues había que eliminar nombres, rostros y un largo etcétera en inscripciones en monumentos, vías y edificios públicos, murales, bustos, estatuas, ¡incluso monedas!. No sólo eso, porque, el senado también decretaba la nulidad de todas la leyes emitidas por el condenado y aquellas que fuesen válidas pasaban a ser transferidas al sucesor.

Casos hay muchos, como, por ejemplo Calígula, el primer emperador que sufrió la Damnatio memoriae. Nerón, también corrió la misma suerte, lo que podría explicar las pocas imágenes en estatuas o bustos que han llegado hasta nuestros días. Muy conocido es también el caso de Publio Septimio Geta, hermano del emperador Caracalla, famoso ésta último por el edicto que lleva su nombre y que concedió la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio en el año en el año 212 d.C . Pero un año antes había sucedido algo mucho menos agradable, pues el mismo Caracalla mató a su hermano en el palacio imperial, muriendo éste en brazos de su madre, Julia Domna. Los seguidores de Geta también fueron asesinados y éste recibió la Damnatio memoriae.

Busca las diferencias. En la segunda foto quién falta es Nikolái Yezhov, director de la policía secreta soviética, arrestado por Stalin en 1939 y ejecutado un año después. Stalin ordenó retocar las fotografías. Ea, borrado literalmente de un plumazo en todos los sentidos.

Pero que nadie se confunda, pues este castigo no fue invención exclusiva de los romanos, si bien éstos sí lo perfeccionaron y lo regularon, como grandes legisladores que fueron; ya hubo bastantes antecedentes en el antiguo Egipto y en Grecia. Y con la antigüedad no desapareció esta práctica, pues en la Edad Media, e incluso hasta nuestros días, se ha intentado borrar la memoria de personajes, ya fuese por su mala gestión o, como casi siempre, por haber incomodado demasiado. No es desde luego lo mismo que un Damnatio memoriae, pero Stalin se ocupó muy mucho de eliminar e incluso de retocar fotografías cuando lo estimó necesario.

Pero vamos más allá, hasta tiempos actuales. Tras la Primavera árabe y la revolución en Egipto de 2011, el nombre de Hosni Mubarak, el presidente-dictador depuesto, y de su esposa, fueron eliminados de calles, edificios, parques, hospitales y un sinfín de lugares. Y existen casos más cercanos y no menos curiosos: En 2013 la Casa Real Española modificó los perfiles de búsqueda de Google que vinculaban al, caído en desgracia, Iñaqui Urdangarín con esta institución. Por último cabría mencionar la Ley de Memoria Histórica, la cual obliga a eliminar símbolos y nombres franquistas del nomenclator de las calles.
No son formas tan radicales y extremas, carentes, claro está, de cualquier elemento místico, pero no por ello dejan de recordar al procedimiento usado en la antigua Roma.

Y volviendo aquellos tiempos pretéritos, una buena pregunta para la reflexión sería ¿Sirvió la Damnatio Memoriae? Desde un punto de vista religioso y político, puede que resultase disuasorio, aunque la gran cantidad de individuos degradados no invita a pensar en ello. Sí parece evidente que, a pesar de la destrucción de figuras, imágenes y nombres, la mayoría de ellos han llegado hasta nosotros, a pesar de los intentos por eliminar la memoria de aquellos personajes, supuestamente defenestrados del recuerdo para la eternidad.

 

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